Esta
tradición pervive en la actualidad en España, Francia, Italia,
Alemania, el Tirol austriaco, la República Checa, en todos los países
de Latinoamérica y en Estados Unidos.
El origen de la costumbre
Ya hay un antecedente histórico de los belenes en las esculturas y
pinturas que adornaban los templos y que servían para que los fieles
analfabetos conocieran como se produjo la llegada del Hijo de
Dios.
Pero
el verdadero origen de esta tradición navideña tan popular se remonta
al siglo XIII, entre
los años 1200 y 1226,
cuando se realiza en una pequeña localidad de Italia, una
representación viviente de los acontecimientos que rodearon la fecha de
la natividad de Cristo. Parece que fue San Francisco de Asís el
impulsor de esta representación escénica.
con la que pretendía celebrar una Navidad lo más realista posible.
Para
la misma, recreó una cueva muy pobre y parecida a un portal en la que
introdujo un pesebre y mandó traer un buey y una mula, además de
solicitar la participación de lugareños para recrear las escenas recreaban
las distintas escenas que se sucedieron en el nacimiento del Niño Dios,
desde la infructuosa búsqueda de una posada, el alumbramiento, la
anunciación del ángel a los pastores, la adoración y las ofrendas que
los Reyes Magos le trajeron desde el Oriente guiados por la estrella de
Belén. En esta cueva celebró la homilía de Nochebuena, con notable
éxito.
Este
nacimiento "viviente" dio paso a la representación con
pequeñas figuras, que en ocasiones constituían un nacimiento o
"belén" que pasaba de casa en casa hasta el término de la
Navidad.
Otra
versión dice que el primer nacimiento se hizo con figuras hechas de
barro en Nápoles, Italia, a finales del siglo XV. El monarca Carlos III
ordenó que los belenes se popularizaran en todo el reino itálico
y español. En América, los frailes introdujeron las costumbres
navideñas cristianas utilizándolas para la evangelización de los
indios nativos.
Lo
cierto es que la iglesia se encargó de que los belenes se montaron en
iglesias, hogares o sitios públicos, para acrecentar la fe y la
devoción.
La producción artesanal y artística de las figuras que simbolizaban
los personajes principales del Nacimiento de Jesús y los secundarios,
los animales y algunos enseres, nos ha legado museos y colecciones de
gran valor artístico e histórico. La tradición belenística está
preservada por los belenistas y por todos los que montan un belén, por
discreto o modesto que sea.
El
tamaño de las figuras de un belén depende del gusto de quien lo
realiza, llegando incluso a ser de tamaño natural, si bien lo más
general es que sean pequeñitas para poder montarlo en una sala o
habitación del hogar. Este elemento invoca la fe de la familia y
respondía a la originalidad de los encargados en montarlo.
Entre
los personajes más singulares están el
encantado o extasiado ( el primero en llegar al pesebre y sorprenderse
de la escena que ve) y el cagón (pastor que está haciendo sus
necesidades escatológicas).
Se
hace uso de musgos para recrear los montes, utilizando trapos o cajas de
cartón para dotar al belén de una orografía accidentada, papel de
plata para simular riachuelos, y hojas y flores para hacer todo ello
más natural. En ocasiones se recubre con harinas a modo de nieve.
Las
figuras principales se disponen en el portal, con el
pesebre
y completando todos los demás personajes, a excepción de la imagen del
recién nacido que se reserva hasta la noche del 24 al 25 de diciembre.